Quantcast
Viewing all articles
Browse latest Browse all 2923

Lámparas viejas por nuevas

Yo no digo que haya que seguir viviendo en las cavernas, ni conservar a toda costa la decrepitud o la precariedad en el entorno por aquello de salvaguardar el toque añejo e histórico. Nada más lejos de mí, que valoro como nadie la comodidad de los ‘tiempos modernos’. Pero creo que una ciudad como Bilbao, una Villa que ya tiene más de siete siglos a sus espaldas, bien merece un respeto en lo tocante a su imagen, una imagen forjada a través del tiempo con unas características y una ‘personalidad’ -que me disculpe mi amiga Isabel, que es psicóloga, y dice que la personalidad sólo pueden tenerla las personas- que la han hecho única e irrepetible desde su misma fundación. Sin embargo parece que, de un tiempo a esta parte, a todos nos ha entrado el complejo de nuevos ricos o aldeanos ilustrados; y con la obsesión por modernizar los espacios de esta Villa, tanto públicos como privados, hemos perdido pedazos de nuestra historia que ya jamás podremos recuperar. Desde hace unos años estamos permitiendo que se vayan al garete locales emblemáticos, comercios con solera, viejos cafés y tabernas cargadas de tradición, muchas veces para dar paso a establecimientos despersonalizados, decorados todos aparentemente por la misma tendencia pijo-funcional; los espacios públicos se renuevan sin ninguna consideración hacia lo que fueron, con toques de diseño a menudo incongruentes, y primando la presunta comodidad sobre la memoria; y mientras tanto no parece haber mucho interés por parte de la municipalidad por terminar de arreglar el mecanismo que permite abrir para ocasiones especiales el puente de Deusto, magnífico espectáculo que la mayor parte de las nuevas generaciones no ha conocido y, esto sí, patrimonio por derecho de todos los bilbainos. Todo esto viene a que llevo unas cuantas semanas viendo la repavimentación de la Plaza Nueva, con unas losetas que no pegan ni con cola con los viejos sillares de las columnas dóricas, ni con nada de esta obra neoclásica que se gestó en el siglo XVIII y se construyó en el XIX, y que es Monumento Histórico Artístico; la vieja y desgastada piedra con las huellas del tiempo y de la historia ha sido taladrada, torturada y descuartizada para colocar en su lugar unas losas nuevas que con lo que realmente pegan es con el nuevo Bilbao que nos estamos empecinando en construir. Por lo visto mis amigos ‘los vecinos’, y unos cuantos hosteleros, protestaron porque el firme era muy irregular; y ahí ya la tenemos liada. Menos mal que en Bilbao no quedan calzadas romanas, que ya se habría encargado alguien de echarles por encima una manita de asfalto, que es más cómodo y seguro. Ello me recuerda al empeño de muchos aldeanos (dicha sea la palabra no con matiz peyorativo sino meramente descriptivo) de reconvertir su caserío del siglo XVII o XVIII en un confortable ‘chalé’, sin ningún pudor en lo que respecta a cargarse suelos de ancestral piedra (“quita, quita, un buen terrazo, que se barre más fácil que ese suelo viejo”), mamposterías que han visto pasar ante ellas varias generaciones familiares (“lo cubres todo de blanco, que hace más limpio; y, eso sí, le incrustas en la fachada unos grupitos de piedras, que hace más bonito”), magníficos sillares, y vigas y columnas de añosos robles, y dejar como resultado un híbrido que chirría y destroza el paisaje rural. He visto en vivo algunos ejemplos de esto; y otros me los han contado aparejadores y arquitectos con auténticas lágrimas en los ojos. Y a nuestro paisaje urbano le está pasando lo mismo. Para cuando se permitió a Philippe Starck convertir nuestra romántica plaza de Arriquíbar en el desvencijado patio trasero de su casa la veda ya estaba abierta, y la Villa de nuestras glorias pasadas llevaba un tiempo padeciendo horrores urbanísticos como la fuente de los leones de la nueva plaza de Jado (con ese toque así como de jardín de hortera nuevo rico andaluz); o la otra fuente, de clara inspiración oriental, de la plaza Bizkaia, que encima hubo que acabar cercando, para terminar de rematar el despropósito, por motivos de ‘seguridad’; o las farolas (¿farolas?) de la plaza (¿plaza?) de Zabálburu, farolas firmadas por el para mí desde aquel momento impresentable signore Nanni. Se comenta que por entonces la concejalía responsable del Consistorio tenía una especie de asesor que iba por el mundo buscando elementos urbanísticos que copiar o en los que inspirarse; y no parece que tuviera muy buen gusto, ni una idea muy clara de lo que siempre fue Bilbao, con su magnífica arquitectura, su larga y secular tradición de villa industrial y portuaria, y su historia de urbe sobria y elegante. Me da la impresión de que llevamos ya unos años cambiando lámparas viejas por nuevas: pero parece que hemos olvidado que el genio no estaba dentro de la lámpara nueva; y que no es cuestión de cambiar de lámpara, sino de saber conservar el genio.


Viewing all articles
Browse latest Browse all 2923

Trending Articles